Relato: “La Adversidad”

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Cuando apenas contaba quince años en el barrio se lo conocía por Fito, el pibe de la florería “Los malvones”.

Era el pibe de los mandados, era en definitiva el aprendiz en ciernes de ese oficio tan delicado y tan complejo, como lo es ser florista y tener a su cargo un negocio de florería con cierto renombre.

Su maestro sería, con el correr del tiempo, el propio dueño del negocio, un hombre avanzado en años, con una experiencia en el ramo de casi medio siglo.

El joven Fito se mostraba entusiasmado con su tarea, a la cual le prestaba su mayor atención, debido a varias circunstancias concurrentes como lo eran, en primer término, el hecho de desempeñar su primer trabajo y ganar sus primeros dineros que lo ayudarían a financiarse sus estudios secundarios en escuelas nocturnas. En segundo lugar, el interés que demostraba en aprender un oficio que tal vez le abriría el camino a un futuro que desconocía. Por último, su manifiesta predilección por interiorizarse en la vida de las abejas, que lo fascinaba, y la natural predisposición que tenía para con las flores, que lo deslumbraba.

Las abejas y las flores de a poco iban ganando sus mayores preferencias, a tal punto que además de continuar con sus estudios para recibirse de perito mercantil, voluntariamente y accediendo a sus íntimos deseos leía casi con obsesión textos referidos específicamente a esas dos motivaciones.

Con respecto a las abejas, tenía la ilusión de que algún día podría dedicarse de lleno a explotar un centro con colmenas en cantidad, y con relación a las flores, la situación era propicia por cuanto estaba trabajando en “Los malvones”, cuyo dueño, desinteresado y bondadoso, lo introducía en el misterio de la explotación del negocio de florería y poco a poco lo iba especializando en la confección de cada uno de los rubros y formas de los productos que allí se vendían.

El pibe, a medida que crecía en años, crecía en experiencia y su buena voluntad, expuesta desde el mismo momento en que ingresara al comercio, lo fue convirtiendo en el preferido de la clientela que lo consagró, como queda dicho, en “Fito, el pibe de la florería”. Teniendo a su patrón como ladero fue adquiriendo tal grado de conocimiento y de práctica artesanal, que sin notarlo lo fue desplazando, de tal forma que se constituiría en factor determinante en la marcha del negocio, en reemplazo de su principal.

El negocio, bajo esas renovadoras fuerzas impuestas por quien ya había dejado de ser un aprendiz, cobró un auge mayor y se proyectaba hacia la ampliación del mercado que ya no se limitaba solo al barrio sino que alcanzaba a toda la ciudad y se extendía a la provincia.

Ese amor por las flores del joven dependiente se veía reflejado en el aspecto que presentaba el local, su interior y sus dos vidrieras, con un colorido atractivo y fragancias primaverales durante todo el año.

Todo lucía diferente, los claveles con relevantes pergaminos de considerarse “la flor en el ojal”, los jazmines con ese aroma tan familiar y hogareño, las rosas con su orgullo a cuestas de ser dueñas de la delicadeza personal, las orquídeas con su fina promoción de la más gentil de las veneraciones, las margaritas con su porvenir deshojado, los crisantemos con su proyección ornamental, y las calas, los lirios y las azucenas, más un florido manto de otras variedades, formando un conjunto llamativo y tentador.

El envejecimiento del patrón y el avance formidable de la florería por parte del joven Fito, hicieron que éste en esos momentos en los que había conseguido ser dueño de la situación, lograra primero ser socio y años más adelante transformarse en nuevo dueño total y único al retirarse aquél.

De inmediato comenzó por cambiar el nombre de “Los malvones” por “La Guirnalda”, instaló una nueva marquesina y remodeló el local con decoraciones más acordes con lo que allí se exhibía. Los adornos florales fueron realzados de mil distintas maneras obedeciendo a la mano diestra de su nuevo dueño que hizo de cada producto un motivo más que singular, es decir, una marca registrada de la casa.

Había así canastas ornamentadas preparadas para ser obsequiadas en lujosas ocasiones, jarrones conteniendo dos docenas de rosas rojas para compromisos matrimoniales, centros de mesa de distintos tamaños y renovadas formas con flores muy diversas para presidir reuniones importantes, “bouquets” para agasajar a las novias, palmas para respetuosos acompañamientos y ramos simples de flores para rutinarias ocasiones.

Las coronas, especialidad exclusiva de Fito, instaladas en el último adiós, se armaban con todo respeto y ajustadas a la tradición, aunque de cualquier manera respondían a un patrón de calidad floral de significativa espiritualidad. Cuando el joven Fito dejaba de llamarse así y se transformaba en Don Fito, cumplidos los cincuenta años de vida y el negocio ya conservaba características de florería de primer orden, consolidó su patrimonio adquiriendo un piso para ocuparlo junto a su familia: mujer y cuatro hijos, y un campo de diez hectáreas en el partido de Pilar, con comodidades habitacionales y hermoso lugar de descanso. Y, como era previsible, reservó un área para instalar un colmenar, habitáculo de las abejas, que significó la realización de un sueño que, junto al de las flores, constituía una de las más caras ambiciones.

Abejas y flores matizaban su infatigable vida. Su dedicación por ambas diligencias no sabía de tregua alguna. Su rostro de felicidad, la bonhomía de todos los gorditos, estaba siempre presente y se transformaba en factor de contagio hacia quienes lo conocían o lo secundaban en sus tareas, porque a esa altura también tenía personal a cargo, como había ocurrido con él en su momento.

De buen apetito, no escatimaba ni se prohibía comidas de todo tipo, haciendo resaltar que nadie debía, y menos él, abstenerse de comer miel por lo nutritiva, y de ingerir dos veces al día una cápsula de propóleos, muy beneficioso para la salud.

Cierto día a la mañana bien temprano dejó armada una corona de hermosa presentación para atender cualquier posible demanda durante esa fecha, dado que tenía pendientes varias visitas que hacer y luego le sería prácticamente imposible confeccionarla.

Durante esa misma mañana comenzó a sentirse muy mal, por lo que se hizo revisar en el Hospital Italiano, donde dispusieron su internación urgente. Luego sobrevino la pérdida del conocimiento, el estado de coma y su inesperado fallecimiento. Su autopsia determinó que había fallecido a causa del propóleos contenido en una partida que había sufrido un sabotaje mediante la inyección de una sustancia mortal. Don Fito había sido víctima de un asesinato.

Luego de la intervención policial y del juez de turno, se autorizó el sepelio. La consternación rodeó el féretro, las abejas con sus zumbidos merodearon el cortejo fúnebre y una corona de flores, la misma que había preparado por la mañana, cubría de duelo una ironía del destino.

Don Fito, el hombre que debió padecer la muerte a raíz de haber ingerido un alterado producto de sus queridas abejas y de homenajear su propia muerte con su distinguida corona.