Relato: “La Transformación”

0
593

Café de antaño. Café de mi barrio. Para aquel de modales exquisitos, bar. Para el perdido sin esperanzas, cafetín. Para el humilde poeta, bodegón. Para el contumaz beodo, estaño. Para el reo del rioba, feca. Para el asiduo parroquiano, boliche. Para el gran Discepolín, lo único en la vida que se pareció a mi vieja. Para mí, simplemente café, siempre café.

Cuando digo café estoy diciendo: Usina del verso engañador, de las inimaginables genialidades y de los disparates consentidos. Universidad de la calle. Lugar del encuentro repetido. Rincón de sabihondos y parlanchines. Refugio de malandras con códigos. Asilo de vagos consuetudinarios. Centro de lectores de periódicos matutinos y vespertinos. Paraíso inspirador de bardos obstinados. Asiento natural de parroquianos amantes del cafecito express. Punto de reunión de burreros, fanáticos del fútbol, timberos y jugadores de lotería y quiniela. Descanso obligado de milongueros y trasnochadores. Círculo de veteranos dueños del descanso y del pasatiempo. Reducto donde cada cual atiende su juego. En síntesis, un mundo especial para individuos muy especiales.

Ese es mi café. El de mi preferencia, el que tuvo vida hasta ayer nomás.

¿Dónde estarán ahora? ¿Adónde se han ido? ¿Quiénes lo arrastraron al olvido? ¿Quiénes se robaron el “valecuatro”, la “generala”, el “jaquemate”, la “carambola” y el “dominó”?

Ante el planteo escrito que me hago en este preciso instante en que estoy sentado junto a una mesa de un lujoso local tomando justamente un cafecito, seguramente han de surgir voces desmintiendo mis aseveraciones, alegando que todavía existen algunos cafés a la vieja usanza como “El Banderín” del barrio de Almagro, lo que constituye una excepción y no una normalidad.

Los más jóvenes que no conocieron aquellos clásicos cafés porteños sostendrán por su parte que en la actualidad existen tantos o más negocios de ese tipo y en consecuencia la modalidad no ha desaparecido. Sin embargo, ratifico lo dicho y sin ir más lejos en las apreciaciones, pongo por ejemplo aquí y ahora este lugar donde me hallo meditando que para aquellos mismos jóvenes es el café tradicional y para mí no lo es debido a la confusión modernizadora y generacional que no permite ver la transformación.

Y no lo es porque frente a todo lo que he detallado al principio de este escrito, este café moderno donde me encuentro, similar a la gran mayoría de los cafés actuales, conserva la tradición del “cafecito” tan solo en horas de la mañana porque en el resto del día se transforma en restaurante de comida rápida, de la pizza a la piedra y es invadido por el delivery. Otros locales más refinados, por la mañana apuntan al capuchino con abundante canela, a la lágrima, tan de moda, al jarrito de café cortado con leche y a la medialuna prefabricada cocida a horno eléctrico, diametralmente opuesta a las que se ofrecen todavía en algunas panaderías y, a partir del mediodía, sirven comidas incluidas en minutas más exigentes y variedades de pizzas más sofisticadas.

Como se ve, mayor lujo, otro servicio, un completo aggiornamento, pero nada igual al café que estoy añorando.

Por aquello de “es lo que hay”, sigo aquí en este recinto más paquete, mucho más ruidoso por la música moderna que atruena en el amplio salón, mucho más confortable, pero que no me hace perder el hilo de mi pensamiento y de mi cavilación.

Por supuesto nadie, ni yo en este caso, pretende recuperar el pasado de algo trascendental como el viejo café, aunque, es digno aclararlo, todavía algunos porteños tienen presente esas maquetas mentales que le reproducen aquellos espacios de esparcimiento tan caros a la preferencia juvenil de los años cuarenta del siglo XX. Allí dejaron varias generaciones el gusto de gozar de un privilegio y el sabor romántico de una parte sustancial de su existencia, un proceso válido para esa época que dejó una huella muy profunda instalada como parte del sentimiento barrial que es muy difícil de borrar de nuestras mentes, porque en esos cafés vivía la calle y sus experiencias buenas y malas.

En este preciso instante me acompañan en este moderno establecimiento una apreciable cantidad de mujeres que, aunque parezca un tanto extraño, superan en número a los varones presentes, situación ésta completamente opuesta a la que se observaba en los cafés de antaño donde las damas no tenían cabida, ya fuera porque su concurrencia era mal vista por la sociedad, o simplemente porque el ambiente no les era propicio. Es de estricta justicia que señale que algunos cafés con pretensiones de confitería, tenían habilitados unos espacios separados dentro de los mismos salones, delimitados por una mampara lujosa en cuya entrada había un cartel con una leyenda que rezaba: “Reservado para familias” y que solo eran usados por alguna pareja en busca de privacidad y casi nunca por mujeres en soledad. No niego que esa situación respondía a una actitud machista como en otros aspectos de la vida cotidiana, y en resumen se podría argüir que ese mundo cafeteril era similar a un club privado para hombres solamente.

Esa privacidad pudo haber sido un hándicap negativo juzgado por ojos modernos, pero en mi caso y en el de todos los que la ejercieron, me resultó “como una escuela de todas las cosas”, al decir de Discépolo.

¿Qué quiere que le diga amigo lector? Si lo estoy escribiendo es porque extraño aquel estilo de café tan diferente del actual.

Esa concentración de varones en ese ámbito tan porteño que alguien se animó a calificar como una colmena llena de zánganos, era nada más ni nada menos que un conglomerado de personas de todas las edades conformando un ramillete de expresiones tan variadas y distintas como las que habitaban la ciudad de Buenos Aires en esos días.

Ahora sólo me resta recordar, nada más que recordar. Sin embargo, el ruego nadie me lo puede negar y en la despedida, café amigo, te digo:

Lindo sería volver a agitar el cubilete de la suerte para que los cinco dados arrojados sobre el tapete de la vida, al detener su audaz corrida canten la generala servida de una buena salud. Hermoso sería volver a recorrer los sesenta y cuatro escaques del tablero de ajedrez para que sus piezas sentencien el jaque mate al aburrimiento y a la desazón. Bueno sería volver a gustar un truco, siempre arriesgado y venturoso, para que los naipes cantaran una falta envido al desenfado y un valecuatro al entusiasmo juvenil. Cabal sería volver a disfrutar el rectángulo cubierto de paño verde del billar, tan verde como la esperanza de que sus tres bolas puedan buscarse entre sí en una carambola perdida y cada una de ellas en esa búsqueda repongan la paz, la libertad y la alegría de vivir.