Relato: “La Vetustez”

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Yo soy del tiempo aquel…

Cuando el sombrero y los pantalones largos eran los símbolos machistas inseparables de la personalidad masculina. Los varones solo se sacaban el “funyi” por respeto a las damas o por un acto que mereciera la postura de “sacarse el sombrero”. Respecto de los pantalones largos, eran los atributos que denunciaban su género y un desafío a sus conductas, pues siempre debían demostrar que “sabían llevarlos bien puestos”.

Cuando la pollera era un signo de distinción, de recato y de jactancia para las mujeres, frente a la osadía de intentar el uso habitual de algún tipo de pantalón.

Cuando los pantalones cortos y las medias tres cuartos sostenidas por un par de ligas de elásticos gruesos eran las vestimentas obligatorias de los varones jóvenes hasta cumplir la edad de dieciocho años, en cuyo festejo se abría la posibilidad de cubrir sus peludas piernas con el definitivo pantalón largo.

Cuando el modesto vestidito, el moño en la cabeza, las medias tres cuartos y la bombacha eran las prendas de las muchachas hasta cumplir los quince años, sin imaginar siquiera la renovación que les aportaría el avance de la moda, como por ejemplo la creación de la medibacha. A partir entonces del festejo de los quince años se sumarían los tacos altos en los zapatos, la pintura en los labios, el rimel en las pestañas, las sombras en los ojos, las medias largas de seda sujetadas por hermosas ligas, las trenzas sueltas o formando un rodete para cabellos largos y un peinado de peluquería llamado “la permanente” para cabellos cortos.

Cuando el cabello era el que tenía influencia en la “pinta” de los varones o, mejor dicho, el peinado, que en un caso llevaba el nombre de un fijador de moda llamado Gomina y en otro llamado “a la tragacanto”, un fijador casero que se obtenía batiendo goma “tragacanto” en polvo con agua hasta lograr la gelatina fijadora.

Cuando eran insuperables aquellos ratos de ocio dedicados al reino de los juegos que para los varones estaban representados por los autitos de plástico rellenados con masilla, los monopatines, las pelotas de trapo o de goma de veinte centavos, la gomera para cazar pajaritos, las bolitas, el balero, el barrilete, el trompo, el palo de escoba convertido en un caballo, los soldaditos y los indios de plomo, el mecano, y toda clase de juguetes del tipo de trenes con sus vagones, barcos, revólveres, aviones, etc.

Cuando las muñecas de toda clase, los muebles miniaturas, cocinitas, moldes de diferentes usos, disfraces caseros, el aro impulsado por un alambre, y los pasatiempos disfrutados con el físico como la escondida, la rayuela, la mancha, o simulaciones como “las visitas”, “el doctor” o “la mamá con su bebé” constituían las preferencias de las niñas para sus juegos.

Cuando todos los días seis de enero con la llegada de los Reyes Magos, era la ilusión y la alegría mayor de todos los niños contar con el juguete más deseado canjeado en cada oportunidad con el gesto inocente de poner la noche anterior, en un lugar accesible de la casa, un par de zapatitos más un recipiente con agua y un puñado de pasto fresco como una retribución alimentaria para los “pobres camellos” y una cartita con un ruego y varios pedidos dirigida a los Reyes.

Cuando los maestros de escuelas eran los que ejercían su docencia contando con el respaldo de los padres de los alumnos en aquellos casos en que éstos caían en una falta disciplinaria o tenían una baja notoria en sus labores hasta merecer una mala nota, en cuyo caso prevalecía de parte de los progenitores el criterio invariable de que “el maestro siempre tiene razón”.

Cuando eran muy notorias las clases que se dictaban de lunes a sábado, porque en ellas predominaban las ilustraciones que se hacían a mano, se escribía con pluma cucharita y tinta china, se consultaba mucho los libros en bibliotecas, se exigía repetir una y otra vez las tablas de multiplicar hasta aprenderlas de memoria, se sumaba y restaba mentalmente, se cuidaba la ortografía, se practicaba la caligrafía, se imponía la lectura en voz alta y la buena redacción a manera de composiciones, y las notas eran respetadas y aceptadas.

Cuando la lectura era una distracción de los mayores que preferían revistas como Leoplán, Caras y Caretas y El Gráfico, los varones; Para Ti y El Hogar, las mujeres; El Tony, Patoruzú y Rico Tipo, los jóvenes; Billiken y las historietas Spaghetti y Tarzán, los niños.

Cuando las salidas fuera de casa eran las que rompían la rutina diaria para lo cual se programaba asistir a una función cinematográfica, generalmente en una sala del centro de la ciudad para finalizar comiendo una pizza de muzzarella, tomando un chop de cerveza y de postre una “suppa inglesa”.

Cuando una monedita de níquel era todo un capital porque con “cinco guitas” se pagaba el boleto del tranvía obrero de la mañana y se adquiría un diario matutino, y con “diez guitas” se pagaba cualquiera de los otros periódicos editados, el boleto regular de tranvías, un cafecito en el boliche de la esquina o un helado de crema y chocolate en la heladería artesanal de la otra cuadra.

Cuando las ventosas, las inhalaciones de vapor de eucaliptus, la untura blanca y las cataplasmas con dos paños rellenos de alguna pasta medicinal hecha en base a semillas de lino eran los remedios aplicados para estados gripales, catarros, tos y unas líneas de fiebre.

Cuando eran los homosexuales quienes trataban de ocultar su comportamiento afeminado porque la sociedad los castigaba con la burla y el aislamiento social por considerar su conducta como antinatural y lejos de llamarlos “gay” se los calificaba con términos bastante despectivos.

Cuando la gira de Gardel por Europa y América latina era un éxito total por su canto, su pinta y sus películas, sin imaginar en lo más mínimo que al poco tiempo culminaría sus actuaciones de una manera trágica dando lugar a que la gente definiera el momento diciendo: “cuando a Carlitos se lo llevaron”.

Cuando la gestión de un presidente argentino fue interrumpida por un movimiento militar y una revolución que lo desplazó de su cargo dando lugar a que la gente definiera el momento diciendo: “cuando al peludo lo embalurdaron”.

¿Cuándo?… Cuando así se presentaban algunos aspectos de la vida ciudadana en la gran ciudad. Hoy, que la vetustez se ve enredada en la telaraña de mi mente surgen estas realidades del ayer, sin llamados previos ni convocaciones meditadas, y se expresan con el valor inmenso de aquella monedita de níquel, la fuerza calórica de Toddy y Vascolet, la alegría eterna de Niní y Sandrini, la conducta parsimoniosa del guarda de tranvía, la actuación descollante de Muiño y Alippi, el vértigo arriesgado de Gálvez y Fangio, la música milonguera de Troilo y Pugliese, el señorío histórico de Santa Fe, la avenida de la elegancia, y de Corrientes, la calle que nunca duerme. ¡Dios mío, todo junto…!

Yo soy del tiempo aquel…