RODOLFO LEIRO

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En otro lugar de esta edición dedicaremos un comentario, no con la amplitud que merece y que le reservamos para el próximo número, al más prolífico de los escritores boedenses, aunque en realidad haya nacido en la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires. Sus muchas décadas ya de permanencia, convivencia y actividades en nuestra ciudad lo han convertido sin duda en un habitante de Boedo como el que más.

Leiro está en vísperas de cumplir sus primeros 92 años, ha sobrellevado Una vida de lucha, en este caso VERDADERA, como él mismo ha titulado uno de sus innumerables libros, publicado al cumplir los 91 y como preciso resumen de las alegrías y pesares que le ha tocado vivir, éstos últimos mucho más que los primeros y que únicamente pudo sobrellevar con la ayuda de su intelecto, volcado a la escritura, permitiéndole publicar la inusual cifra de setenta libros, costeados personalmente y a puro sacrificio.

Recientemente tuve la dicha de ser destinatario de sus dos últimas publicaciones: La Culpa ajena y El accidente, la primera una novela futurista y la segunda de las llamadas costumbristas, que ya comentaremos el próximo mes.

Como también Leiro, además de acaparar premios, es poeta y de los buenos, nos ha dejado este soneto que, según él, con algunas imperfecciones, tuvo el mérito adicional de haber sido traducido al idioma inglés por la acreditada poeta y escritora gallega, Maríán Muiños, y que Leiro ha querido compartir con los lectores de Nuevo Ciclo, llevándonos sin quererlo a la convicción que en nuestra querida publicación mensual no deberá faltar, en lo sucesivo, una columna dedicada a quienes cultivan el arte poético

DE IMPROVISO

DE IMPROVISO

Y de improviso te encontraste viejo,

tendido, desprolijo, en tu litera,

sin la voz amistosa, compañera

y la amarga virtud del cano espejo..

De la antigua alegría y su reflejo,

la vaga remembranza plañidera,

queda solo una imagen tapicera

colgada de tu infancia y de tu tejo.

Es quizás, que en el lúdico proceso

donde llega la vida a su receso,

en que el soplo final desaparece,

un cáliz de ceniza, de aquel fuego,

se troca en un murmurio como ruego,

que un atrio de silencio desvanece.

Rodolfo Leiro